El testigo indeseable

Archivo personal

Ir en Contravía le ha costado a mi colega Hollman Morris, su tranquilidad. Hace tiempo que este periodista colombiano comenzó a mostrar la cara de ese otro país que pocos quieren ver, a través de su programa de televisión “Contravía” financiado por Open Society. Obnubilada con los logros del gobierno actual, la sociedad colombiana ha hecho caso omiso de los métodos y ha olvidado quienes han pagado los costos de la “pacificación” del país durante los ocho años de gobierno del presidente Álvaro Uribe. No así Hollman. Él se ha dedicado a escuchar a esos olvidados, y como bien lo dice en sus charlas con periodista jóvenes “a darle voz a los que no la tienen”. Y de esos hay millones en Colombia. Víctimas de la violencia paramilitar y guerrillera que no termina aún cuando una mayoría del país quiera ignorarla. Desplazados, indígenas, afrocolombianos, minorías que no importan porque viven en los rincones apartados del país, donde las cámaras de Contravía sí se han preocupado por llegar. Un trabajo reporteril ejemplar hecho con la plena conciencia ética de que el periodismo es contrapoder y de que debe prestar, ante todo, un servicio social. Que si de tomar partido se trata, debe hacerlo por las víctimas y los abusados del poder.

Esa fue la elección de Hollman y un equipo de jóvenes periodistas que no obstante haber tenido innumerables reconocimientos nacionales e internacionales (más los segundos), han trastocado sus vidas personales en términos de privacidad y seguridad. Hollman ha sido declarado públicamente como un enemigo del gobierno con las consecuencias penosas que eso acarrea: interceptaciones ilegales a sus comunicaciones, seguimientos, presiones, intranquilidad. Un expediente hecho con órdenes para sabotear su carrera y amenazar su vida, fue encontrado entre los papeles que el DAS diseñó para perseguir a miembros de la oposición, periodistas y defensores de derechos humanos.

Una de las directrices encontradas allí, logró su cometido: “Realizar campaña de desprestigio a nivel nacional e internacional que lo vincule a las Farc” y “gestionar robo y suspensión de la visa”. A Hollman le fue negada hace un par de semanas la visa americana para asistir al prestigioso programa Nieman de periodismo de la Universidad de Harvard. La entidad académica “profundamente impresionada por el valor de su trabajo como periodista y por su enfoque en las víctimas de la larga lucha en Colombia”, le reconoció como uno de sus 13 becarios internacionales para el año 2010 y sin embargo el Departamento de Estado impidió su entrada en razón al “Patriot Act”, la ley antiterrorista creada después de los ataques del 11s. Esta ley niega la entrada a territorio americano a ciudadanos que se han visto inmersos en actividades terroristas. Éste ha sido el discurso eterno que sobre Hollman ha impulsado el mismo Uribe, por su elección de entrevistar a todos los actores armados del conflicto colombiano, incluso los ilegales, como es deber en una cobertura equilibrada.

 ¿Cuánto de la mano del gobierno nacional hay en todo esto? No es difícil atar cabos. Hollman es un testigo indeseable tal y como lo relata el brillante documental del mismo nombre que hizo el bogotano Juan Lozano (galardonado como el mejor documental suizo en 2008), en el que se retrata su vida como periodista, padre y esposo y el trauma emocional que acarrea hacer periodismo independiente, en un país donde se amenaza la libertad de prensa, de manera especial a aquellos que van en Contravía.

Hollman ha tenido un lugar privilegiado en espacios como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y organizaciones de la sociedad civil en Estados Unidos, así como interlocución con congresistas demócratas preocupados por la realidad social del país. Su experiencia le ha dado la autoridad para hablar de una sociedad que innegablemente se destruye a pedazos en ciertas regiones, a pesar que de buena parte de los interlocutores extranjeros del gobierno, se quedan con la versión de la “recuperación económica” y la “confianza inversionista”. Eso lo hace, en palabras del gobierno, un “antipatriota” que habla mal del país afuera y cuya estancia de un año en Estados Unidos no parece conveniente.

Muchas organizaciones de periodistas, incluida Dart Center, de la cual Hollman fue becario en 2009, han unido sus esfuerzos para apoyarlo e intentar reversar esa decisión que es a todas luces injusta. Más ahora que la financiación de su programa Contravía terminó y por una breve temporada saldrá del aire dejando un vacío en esa necesidad de periodismo independiente. Más ahora que por su estabilidad emocional y seguridad física, un corto exilio le serviría para oxigenar su vida.

Varias entidades académicas, de derechos humanos y de periodistas, le organizaron hace cerca de un mes un sentido homenaje a Hollman, agradeciéndole por elegir ese camino en su carrera aún a costa de su intranquilidad personal y familiar. Quería ser también una despedida por su gran reto a encarar como becario Nieman. Quienes estuvimos allí aún estamos esperando que ser un testigo indeseable, no le cueste perder también, esta oportunidad.

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