El pasado fin de semana fue de júbilo aquí en Colombia para las familias de cuatro miembros de las Fuerzas Militares secuestrados desde hace doce años por las FARC. El Coronel Luis Enrique Murillo y el General Luis Mendieta de la Policía, quien ascendió al máximo grado de esa institución estando en cautiverio y era hasta ayer el plagiado de mayor rango en manos del grupo guerrillero, recuperaron la libertad luego de la tristemente célebre toma del municipio de Mitú (Vaupés) el 1 de noviembre de 1998. También volvieron a la civilización el coronel de la Policía William Donato y el sargento del Ejército Arbey Delgado Argote, quienes habían sido plagiados el 3 de agosto de 1998 en la toma de esa guerrilla a la base antinarcóticos de Miraflores, Guaviare.
El rescate bautizado como operación ‘Camaleón’ fue ejecutado por un comando conjunto de Policía y Ejército el domingo 13 de junio en las selvas de Calamar, Guaviare, en un campamento guerrillero ubicado a escasos 28 kilómetros de donde hace casi dos años la operación ‘Jaque’ también rescató sanos y salvos a 15 rehenes, entre ellos Ingrid Betancourt.
Como es costumbre en Colombia, una decena de medios de comunicación estaba esperando a los secuestrados a su llegada al aeropuerto militar Catam. Son ellos los primeros que los reciben casi antes que sus propios familiares. Los bombardean de preguntas y los obligan a dar ruedas de prensa no solo inmediatamente ponen un pie en las bases militares, sino durante los siguientes cinco o seis días. El país no para de verlos en periódicos y revistas, y conmoverse con sus historias que sin duda son importantes para construir la memoria histórica de un país, pero cuyo manejo no ha hecho otra cosa que convertirlas en un show mediático.
Un par de ellos fueron mostrados incluso con las cadenas con las que los tenían, en una clara intención (innecesaria) de recalcar la inhumanidad de las Farc que nadie desconoce. Tras horas de exposición mediática, todos son luego recibidos por el presidente Álvaro Uribe que hace también su propia alocución en todos los canales del país, en la que, por horas, son sometidos a contar detalles del cautiverio y lloran por quienes murieron en la selva, sin que nadie les pregunte si elegirían compartir estos sentimientos en privacidad. Hasta los chequeos médicos deben esperar a que pase el encuentro con la prensa.
Aunque son realidades diferentes y en Estados Unidos no hay una guerra permanente, un contraste que vale la pena citar tiene que ver con el tratamiento que le dieron allí a los contratistas Tom Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves, quienes pasaron casi cinco años en poder de las Farc. Una vez liberados tuvieron una etapa de recuperación prudente y fueron vinculados a un programa de reintegración patrocinado por el Ejercito Americano.
Aquí en Colombia los partes psicológicos iniciales son de dominio público, y algunos terapeutas se aventuran a decir que aunque los ex secuestrados empiezan un proceso de adaptación a la vida, “eso no quiere decir necesariamente que psicológicamente estén afectados”. Un diagnóstico tan prematuro no puede ni aseverar ni negar esto, pues tras la euforia de recuperar la libertad, viene el proceso de adaptación a la vida urbana. Es entonces cuando los secuestrados pueden desarrollar trastornos psicológicos como el desorden de estrés postraumático, tan común en ex cautivos.
“¿Quién va a dormir viendo edificios, luces y escuchando aviones sin la necesidad de tirarse al piso (…) estoy tratando de cambiar la psicosis con la que vivíamos allá”, aseguró el Coronel Murillo ante una pregunta sobre su primera noche en libertad.
Tras 12 años de no tener contacto con la civilidad, es cierto que los secuestrados quieren hablar, pero se olvida muchas veces el ambiente terapéutico en que deben hacerlo. Todos emocionados responden al unísono que agradecen al gobierno por el éxito militar, aunque después reflexionan que los abandonó por más de una década en la selva. Muchos manifiestan querer seguir en el Ejército para combatir el terrorismo, pero estas decisiones son muchas veces devastadoras para las familias que no quieren exponer a su ser querido una vez más.
Los ex rehenes generalmente tienen palabras de agradecimientos para todos y uno de los recipientes casi siempre son los medios de comunicación. Recuerdan los nombres de periodistas que los acompañan a través de programas como “Las voces del secuestro” de Caracol y “La noche de la libertad”, de RCN, que califican como la “vitamina diaria” que los acompaña en la selva, pues una radio es lo único que los comunica con el mundo exterior. A través de ellos, sus seres queridos le envían mensajes de aliento para que se mantengan vivos y hay que reconocer que en este aspecto, los reporteros se han convertido en un canal de comunicación vital, dignísimo de resaltar. La radio se ha convertido en una herramienta tan valiosa para el rehén que un método de castigo de los guerrilleros es precisamente dejarlos sin radio. Por eso no es raro que también aparezcan palabras de odio hacia sus captores. “Caí en poder del terrorismo cuando tenía 29 años, hoy tengo 41. Ellos son unos salvajes, han hecho sufrir a mis hijas, a quienes no las conocía”, aseveró por su parte el Sargento Delgado.
Tanta exposición del dolor mezclado con alegría y triunfo, que siempre ha sabido capitalizar muy bien el presidente Álvaro Uribe y que en pleno cierre de campaña, catapulta aún más a su heredero, el candidato Juan Manuel Santos, reduce el espacio a las reflexiones. En manos de las Farc aún quedan 18 militares y policías que esa guerrilla pretende canjear en un intercambio humanitario, por presos que están recluidos por rebelión en diferentes cárceles del país. El gobierno ha negado tajantemente esta vía aunque el grupo de Colombianos y Colombianas por la paz encabezado por la senadora Piedad Córdoba persigue esta salida a través de marchas, reuniones y conversaciones con distintos actores, incluso de la comunidad internacional.
Adicional a ellos hay miles de secuestrados por razones económicas que solo serán liberados a cambio de un pago monetario. Esas familias celebran la felicidad de quienes vuelven, pero siguen en el limbo de su propio dolor. Los ex cautivos además se convierten en fuente de información vital para ellas, portadores no siempre de esperanzadores noticias.
Si bien los rescates son bienvenidos cuando no se pone en riesgo la vida de los rehenes -tal como pasó con los 12 diputados del Valle y el ex gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, todos asesinados en cautiverio por la guerrilla al sentir el cerco militar-, cada vez que sucede uno, la presión sobre los que quedan en la selva se acrecienta. La guerrilla les restringe la movilidad con cadenas, les aumenta la vigilancia y les castiga con hechos como desmejorarles la de por sí pésima comida. Así mismo el Gobierno aleja mucho más una salida humanitaria o negociada y las FARC, por su parte, también retrasan las liberaciones unilaterales.
El regreso de un solo rehén al seno de sus familias, siempre será un motivo de celebración, pero algún día Colombia tiene que aprender a no convertir en réditos políticos ni en espectáculo, tal delito de lesa humanidad. Algún día Colombia tiene que entender que atender la salud mental de su gente es una prioridad para construir una sociedad más sana. El día que no hayan más secuestrados en la selva, ojalá Colombia pueda decir que los ex rehenes fueron dignamente reintegrados a la patria a la que siempre sirvieron.
