Dart Society me ha regalado un valioso espacio para escribir sobre el ejercicio periodístico en Latinoamérica y en particular en mi país Colombia. Como Ochberg Fellow 2006 y la primera latina a quien se le otorgó tan afortunado reconocimiento, me siento honrada de abrir este blog en español que espero convoque a reporteros de habla hispana para compartir intereses y retos. Y como la vida está hecha de retos, quiero compartirles en esta primera entrada lo que ha sido para mí el reto de volver a Colombia.
A mediados de febrero regresé a Nueva York para asistir a un encuentro de jóvenes líderes en Latinoamérica organizado por la revista Americas Quarterly. Había dejado esa ciudad un año atrás al término de una beca para mujeres periodistas que me permitió entre otras cosas, cubrir comunidades inmigrantes para el New York Times. Todo un privilegio. Entre las múltiples actividades en que participé durante el encuentro, fui invitada a grabar una pieza de radio con Story Corps, una innovadora experiencia en la que gente del común dialoga durante 45 minutos sobre su vida, con familiares, amigos o colegas, que intentan “escarbar” sus historias. La conversación, además de reproducirse en un CD, es divulgada en la web, y luego termina en los archivos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
Yo fui entrevistada por las periodistas Danielle Renwick y Evianna Cruz de Americas Quarterly, quienes en un momento culmen de la charla apuntaron a una cuestión que ni yo me había preguntado. Después de casi cuatro años en el exilio, los primeros obligados, y los siguientes elegidos, ¿qué ha significado para ti volver a Colombia?
Tuve que respirar hondo para contestar, y contener el llanto para continuar. La respuesta no es fácil, porque mi retorno en julio de 2009, ha sido todo, menos fácil. Ha sido retador, novedoso, me ha hecho encarar miedos y realidades, pero no ha sido fácil. Me ha hecho retomar el periodismo desde ángulos que no había explorado, pero que se entrecruzan siempre con el retrato doloroso de esta guerra que a mi país, ya lleva casi 50 años desangrándolo. Me ha hecho sentirme asqueada de la política y del conflicto y del mismo periodismo y la guerra sucia de las campañas electorales.
Actualmente cubro política y elecciones para el portal votebien.com y aunque pareciera un ejercicio periodístico en el que solo hablan los poderosos, la cobertura me ha permitido desnudar todos los vicios y pecados de los corruptos que se aprovechan de la pobreza y analfabetismo de los electores para llenarlos de falsas esperanzas. Sigo, como en mis casi diez años de ejercicio periodístico, al lado de los abusados del poder y a través de ellos descubro cuánto hay de guerra en la política. En las poblaciones más alejadas la gente elige su candidato de entre quienes le ponen o le quitan los subsidios del Estado, o quienes les prometen completar el par de botas sí y solo sí, al final de la jornada les presentan el certificado electoral. Candidatos que amenazan a padres de familia con suspenderles las becas de sus hijos en escuelas pobres, si no los apoyan; o funcionarios públicos que obligan a sus empleados a asistir a manifestaciones públicas, so pena de despojarlos de contratos si la maquinaria del poder no se mantiene. Aspirantes que prometen guerra y más guerra, sin detenerse a replantear la inversión en educación, sustancialmente inferior a la de las armas. Hambrientos del poder que dicen que le devolverán a los desplazados sus tierras, solo porque ven en ellos un potencial electoral magnifico: más de tres millones.
A todo este cinismo, los grupos armados aportan poco. Si bien en estas elecciones el costreñimiento electoral bajó significativamente, en algunas regiones como Chocó, Valle y Nariño los votantes fueron obligados a ir a las urnas o a quedarse en sus casas, según las conveniencias. Nuevas estructuras de poder mafioso se infiltraron hasta las mesas de votación, para hacer aparecer votos de manera mágica en regiones inesperadas. Tan ilegítimas fueron las elecciones que la Registraduría obligó al reconteo de los sufragios en varias regiones y solo hasta el 19 de julio, un día antes de la posesión del Congreso, se sabrá quienes ocupan curul.
Debo reconocer que en el exilio me acostumbré a hacer lecturas parciales de esa realidad a la que hoy vuelvo. Sin embargo concluyo, como lo hice en múltiples charlas afuera y aquí ante curiosos estudiantes, que aún hablando de política, a la cobertura mediática de todo este drama colombiano, le hace falta conocer sobre trauma, tema que Dart me enseñó a discutir. A los periodistas nos hace falta entrenarnos en técnicas de entrevista a víctimas y conocer del estrés postraumático. Nos hace falta aprender a reconocer cómo la violencia afecta y genera respuestas en el ser humano, y cómo las víctimas se reconstruyen después de las tragedias emocionales. Porque incluso la desazón de sentirse desamparados por un Estado, al que solo ven aparecer en tiempos electorales, es traumática. Allí la prensa juega un rol importante, desde la pedagogía y la denuncia. Y ese ha sido mi mayor reto al volver: ejercer ambas sin sustraerme de lo que soy.