“Las FF.AA. no están preparadas para la posguerra”
A 29 años de la guerra de Malvinas, el psicólogo Alberto Dupen, especialista en trauma de guerra, y quien más veteranos ha tratado en Argentina, comparte su experiencia en esta entrevista con Jenny Manrique, Ochberg Fellow 2006.
Fue durante una jornada sobre estrés postraumático en Paraguay. Al psicólogo argentino Alberto Dupen le preguntaron si podía recibir a un veterano de guerra que venía de trabajar en una plantación de te en Misiones. Corría 1990 y la Guerra de las Malvinas había terminado apenas ocho años atrás. Todavía era un recuerdo fresco pero ya desde entonces era un tema marginal en las discusiones sociales. No así para aquel hombre que sufría en carne propia la reexperimentacion inexplicable de los hechos que vivió en el conflicto de 72 días que Argentina y el Reino Unido mantuvieron por la soberanía de los archipiélagos Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur.
Dupen aceptó tratarlo y lo llevó a su casa. La luz del cuarto de su paciente siempre permanecía prendida, tenía un insomnio permanente, vivía hipervigilante y con un ardor en el centro del pecho que le hacía sentir estallar la cabeza en dos. Eso que llaman el corazón del soldado. “Estaba sobremedicado”, recuerda Dupen, hoy uno de los expertos en trauma de guerra más reconocidos en Argentina. “Comencé a trabajar sobre su trauma y pronto llegaron dos veteranos más, a quienes también les di techo y comida en mi casa en Buenos Aires porque no tenían nada. Era un aporte a aquella gente que fue a la guerra y había sido abandonada”, asegura el doctor que pronto descubrió que si bien había mucho escrito sobre estrés postraumático y su tratamiento farmacológico, era poco lo que existía sobre el abordaje terapéutico.
Después de una tesis doctoral sobre el trauma de guerra para obtener su título en la Universidad de Flores, y cientos de recorridos voluntarios por todos los lugares del país, Dupen habla en esta entrevista sobre su experiencia de dos décadas con una población que a su juicio, todavía sigue siendo marginada.
Jenny Manrique: ¿Cuál fue el mayor hallazgo de su tesis doctoral?
Alberto Dupen: Trabajé durante siete años con veteranos de guerra en una muestra que abarcó gran parte del país y lo que descubrí en esa investigación, es que lo que se reexperimenta permanentemente no es otra cosa más que las situaciones donde se tuvo muy bajo grado de control o no se tuvo ningún grado de control. Para medirlo cuantitativamente yo puse una escala de 1 a 5, siendo 5 un centinela con un máximo grado de control, y 1 un prisionero con un mínimo grado de control. En el medio clasificaban veteranos que estaban en igualdad de condiciones de combate. Lo que encontré es que cuando uno tiene mucho grado de control esa situación es anecdótica, pero lo que más reexperimenta es cuando uno siente ese tipo de cosas que no puede controlar. Ahí está el trauma.
J.M.: ¿Podría darme ejemplos puntuales?
A.D: La gente que más experimenta el trauma son los enfermeros, porque son personas que están permanentemente auxiliando y a quienes siempre les están pidiendo ayuda. Después siguen los combatientes que estuvieron en el Crucero General Belgrano (hundido en la guerra por un submarino nuclear), después los náufragos de las balsas que estaban esperando el rescate. Con respecto a la gente que estuvo en el frente del combate los que más experimentan no son los que están en la primera línea, sino los que están en la segunda línea porque son los que permanentemente están a la expectativa de ser ellos los siguientes protagonistas. Respecto a la gente que está ya en la ciudad misma lo que más reexperimentan son por ejemplo los silbidos, pues han sido muy bombardeados. Como a los combatientes los sacaban de noche se sienten amenazados en la oscuridad y por eso llevan tres décadas, desde que terminó la guerra durmiendo con la luz prendida.
J.M: A partir de ese hallazgo, usted desarrolla un tratamiento particular del trauma…
A.D.: Sí. La etimología de la palabra trauma es herida, entonces uno busca esa herida psicológica donde quedó la persona y a partir de ahí, le hace reexperimentar esa situación y le da un grado de control. En ese momento cuando la persona tiene el control, puede salir rápidamente del trauma. En sesiones de 15 minutos yo logró dar una vuelta a ese momento traumático de 30 años atrás, pero después hay otra sintomatología que puede perdurar como los ataques de ira producto de la frustración, la hipervigilancia y varios rituales que conservan los veteranos antes de dormir.
J.M.: A la Guerra de Malvinas fueron soldados muy jóvenes. ¿Se hubiera evitado o disminuido el trauma, si se hubiese enviado tropas más preparadas?
A.D.: Habían dos tipos de tropa: Una compuesta por quienes estaban en el servicio militar obligatorio; y otra por los militares de carrera. Si bien en las fuerzas armadas hay gente que está preparada para las armas y para la guerra, raramente lo están para la postguerra. La preparación no es tanto en las armas sino en la personalidad porque cuando se está en el combate, independientemente de las funciones, se están viviendo situaciones límites.
J.M. ¿Cuándo es recomendable medicar en un caso de estrés postraumático?
A.D: Lo primero que uno tiene que trabajar es sobre la causa. Uno puede medicar cuando la persona tiene defensas muy bajas o hay un alto grado de depresión porque el veterano de guerra es proclive al suicidio más que una persona común: Como ya vivió una situación límite no es necesariamente un pensamiento nuevo. Volvió de la guerra pero con culpa muchas veces de haber sobrevivido: ¿Por qué me tocó vivir a mi y no a mi camarada? La posguerra es peor que la guerra, particularmente por la discriminación.
J.M.: Precisamente otro de los índices preocupantes en la posguerra fueron los suicidios. Incluso de muchos hijos de veteranos. ¿Se puede hablar ahí de trauma generacional?
A.D.: La diferencia de suicidios entre veteranos argentinos y veteranos británicos es de 4 personas 5, es decir los británicos tienen más muertes por suicidio que nosotros. Por qué motivo? Porque la gente que está en el combate, está padeciendo la guerra. No hay vencedores ni vencidos, hay sobrevivientes. A 29 años de finalizada la guerra, prácticamente hay un promedio de un suicidio por mes. Aunque no hay cifras oficiales porque muchas veces las fuerzas armadas no dan este tipo de información, el porcentaje de ofíciales suicidados es alto respecto de la gente que ha estado en la tropa. En cuanto a los suicidios de hijos, han sucedido casos en ciudades como Rosario y Misiones por dos aspectos: veteranos en los que en su mente está muchas veces revoloteando la idea del suicidio, y los hijos toman la posta, o lo hace él o lo hago yo. O hay situaciones que se suicida el padre y los hijos le siguen sus pasos. Son aspectos muy relacionados con la crianza y el impacto del trauma.
J.M. Una de las características también en la posguerra fue el silencio al que la sociedad sometió a los combatientes. ¿Cómo se constituye este silencio, en un agravante del trauma?
A.D.: Hay una regla en esto: Lo que no se habla, se hace síntoma, y si una persona no lo saca hacia fuera, explota por dentro y puede somatizar ese dolor. Puede tomar en adicción conductas de escape porque aunque la guerra pasó hace mucho tiempo, para un veterano es todos los días. Por eso hay que tener cuidado con las respuestas porque cuando uno se abre queda expuesto, y si el veterano recibe una respuesta simplista es herido y se va cerrando, por lo que le cuesta mucho más pedir ayuda.
J.M.: Ante esta falta de escucha, ¿han desarrollado los veteranos mecanismos para su propia resiliencia, o definitivamente este tipo de traumas se tiene que trabajar en un contexto terapéutico?
A.D.: El mejor ámbito es el terapéutico, eso en lo que refiere al abordaje psicológico, no farmacológico. El farmacológico sirve para estabilizar a la persona pero no para sacarle la espina traumática que tiene. Por lo general siempre es necesario que la gente hable entre sí y se comunique. Muchas veces se sanan en grupos de contención con otros veteranos, pero por sí solos es difícil porque lo que provoca la soledad es que se llenen de pensamientos perturbadores. También a veces eligen el silencio y es difícil para familiares y quienes les rodean poder ayudarlos.
J.M. En su experiencia con veteranos por todo el país, ¿hay algunas provincias de las que se pueda decir que hay mayor contención psicológica o es un factor difícil de medir?
A.D.: Las provincias que han tenido que ver directamente con el suceso de la guerra como es el caso de la Patagonia, tienen la conciencia de lo que es la guerra, hay una marca y son héroes. Lo que es en el centro, y cuanto más están alejados de la situación de conflicto, la gente se olvida de los veteranos y se les descalifica, se les margina; en provincias como el Chaco y Corrientes en el Norte, ha habido situaciones de mucha discriminación y ya después en el resto del país, los veteranos de guerra han tenido que trabajar mucho para ser considerados como tales porque no hay una concientización de lo que fue la guerra ya que se sentía muy lejana.
J.M. En todos estos años de tratamiento continuo a veteranos de guerra, ¿cómo ha visto su evolución y en qué medida ésta mejora según la premura con que se haya tratado el trauma?
A.D.: En cuanto más rápido se trate, menor reexperimentación y menos cronicidad del trauma. Una de las primeras equivocaciones mías, porque evidentemente yo estaba en un campo exploratorio es que yo siempre buscaba la verdad de lo que había sucedido, y me daba cuenta que en la siguientes terapias me cambiaban la versión. La persona no quería trabajar la realidad psíquica, es decir el estado donde estaba, sino que relataba como creyó vivirlo en su propio mundo y visión, y ese relato cambiaba. Lo segundo es que la persona entre más afecto, protección y comprensión reciba, más rápido sale del trauma, y lo tercero es que hay que mantenerlo activo y eso va muchas veces en contradicción de los planes sociales cuya solución inmediata es jubilarlos. El trabajo también les da una identidad, y no tenerla genera crisis.
J.M: ¿Cómo es el relato en las jornadas de estrés postraumático de guerra que usted realiza por todo el país?
A.D.: Ellos entre sí hablan más sobre temas actuales, se sabe qué le pasó a cada uno, pero no se habla en detalle. En las jornadas que hago justamente aumenta el rapport y comienzan a enterarse por primera vez, no solamente los veteranos de qué pasó cada uno, sino también muchos familiares, esposas, hijos, que escuchan por primera vez qué fue lo que hizo el esposo en la guerra. Y esto es un tema muy importante porque es muy difícil ayudar a alguien que se esconde en las sombras y detrás de su silencio.
J.M. A 29 años de la guerra, ¿cree que la sociedad argentina ahora sí está reconociendo a sus veteranos o sigue en deuda?
A.D.: Creo que sí pero sigue siendo un trabajo muy difícil. Siempre está la fantasía del loco de la guerra, entonces el Estado se está haciendo cargo pero también le están dando jubilación anticipada a los 50 años, lo cual conlleva a que la gente se quede sin trabajo y la inactividad no ayuda a superar el trauma. Por otro lado permanece la deuda original que es el hecho de haber responsabilizado a los veteranos de guerra de haber perdido la guerra, no haberlos recibido como héroes, o sea personas sobrevivientes de una situación muy extrema , por el contrario se los puso de trompo en trompo de costado y lamentablemente eso ha dejado muchas secuelas. Entonces la gente cuando recibe el reconocimiento contesta: ¿A esta hora, por qué no vinieron antes?
J.M.: Pero sin duda en todo este tiempo han adquirido varios derechos…
A.D.: Por lo general algo de dinero, a veces un puesto de trabajo, muchas veces han ganado que se les den casas o algún tipo de asistencia social y también hay una Ley Nacional y algunas provinciales para el Veterano. Lo cierto es que aunque haya derechos, tienen una serie de conflictos no resueltos y es porque cuando se sobrevive a la guerra, se sobrevive de cuerpo pero la mente sigue siempre en combate.



